El artista desafió abiertamente la narrativa de Trump, utilizando su plataforma para enviar un mensaje de soberanía, diversidad y orgullo latinoamericano

El icónico momento en que Bad Bunny reivindicó la herencia hispana desde el escenario más masivo de Estados Unidos se convirtió en un análisis profundo de resistencia cultural y política. Cuando Bad Bunny gritó “¡Qué rico es ser latino!” en pleno Super Bowl, no solo era una celebración; era una declaración política en un contexto de alta tensión migratoria.

La administración Trump, con su retórica nacionalista y políticas de fronteras cerradas, había creado un clima hostil hacia las comunidades migrantes. Al tomar el escenario del evento deportivo más visto en Estados Unidos, Bad Bunny transformó un espacio de entretenimiento masivo en una trinchera de resistencia cultural. Este desafío a la narrativa oficial no fue accidental, sino un acto calculado de visibilidad y reafirmación identitaria frente a un discurso que buscaba marginar lo hispano.

Uno de los gestos más potentes y cargados de simbolismo fue la exhibición de la bandera puertorriqueña con el tono azul claro. Este detalle es crucial para entender la profundidad del desafío a la narrativa de Trump. Esta bandera, adoptada hace 130 años por el Comité Revolucionario de Puerto Rico en el exilio, es el emblema histórico de los movimientos independentistas. Se diferencia deliberadamente de la versión oficial de azul oscuro, impuesta tras la anexión estadounidense. Al portar esta insignia inspirada en el Grito de Lares, Bad Bunny no solo mostraba orgullo boricua; cuestionaba directamente el estatus colonial de la isla y, por extensión, la política de Washington hacia sus territorios. Era un mensaje de soberanía que resonaba como un claro desafío a la administración Trump y su visión de las relaciones con Puerto Rico.

Símbolos y Performance: La protesta en cada acto

La puesta en escena de Bad Bunny estuvo plagada de detalles que reforzaban este desafío a la narrativa predominante. La representación de una boda entre una persona migrante y un ciudadano estadounidense funcionó como una respuesta simbólica y emotiva a las políticas de deportación y restricción familiar promovidas por la administración Trump. Era una reivindicación del amor y la unidad frente a la exclusión.

Asimismo, la interpretación de “El Apagón”, rodeado de postes de luz, fue una referencia directa e ineludible al abandono de la infraestructura energética en Puerto Rico, una crisis gestionada bajo la supervisión federal. Este acto visibilizaba una negligencia que afecta a ciudadanos estadounidenses, colocando el foco en una contradicción del sistema. Cada elemento coreográfico y visual consolidaba una postura: el entretenimiento puede y debe ser un vehículo para cuestionar el poder.

Bad Bunny en el Super Bowl 2026 con Lady Gaga

“God Bless America”: Redefiniendo un continente

El cierre de la actuación fue quizás el desafío conceptual más audaz. Al decir “God bless America” mientras se proyectaban las banderas de todos los países del continente, Bad Bunny, cuyo nombre real es Benito Antonio Martínez Ocasio, expandió radicalmente el concepto de “América”. Lo despojó de su uso exclusivo para referirse a Estados Unidos y lo reivindicó como una identidad pancontinental, compartida desde Chile hasta Canadá. Este gesto fue un rechazo directo al nacionalismo estrecho y una afirmación de una comunidad latinoamericana diversa pero unida. Fue la culminación de un acto pensado para desafiar la narrativa de Trump sobre la identidad y la pertenencia nacional.

La reacción de Trump: Confirmación del conflicto

La respuesta de la administración Trump no se hizo esperar y confirmó que el mensaje había calado hondo. Mientras comenzaba el show, la cuenta oficial de la Casa Blanca publicó el lema “Make America Great Again”. Poco después, el propio Donald Trump calificó la actuación como “una de las peores de la historia” y una “afrenta a la grandeza de Estados Unidos”. En sus redes sociales, el presidente criticó que no se entendiera “ni una palabra” de lo que decía el artista, un comentario percibido como despectivo hacia el español, y tachó el evento de “repugnante” para la audiencia infantil.

Funcionarios de su gobierno, como el secretario Pete Hegseth, respaldaron este rechazo, promoviendo incluso conciertos alternativos de organizaciones conservadoras. Esta reacción visceral demostró que la performance de Bad Bunny no pasó desapercibida; por el contrario, fue interpretada como lo que era: un potente desafío a la narrativa y las políticas de la administración Trump desde el corazón de la cultura pop estadounidense.

Un legado de resistencia desde la cultura pop

El acto de Bad Bunny en el Super Bowl trascendió la música. Fue un caso de estudio sobre cómo un artista global utiliza su influencia para desafiar narrativas políticas hegemónicas. A través de símbolos cuidadosamente seleccionados, la bandera independentista, la boda simbólica, la crítica a la infraestructura, construyó un discurso coherente de resistencia puertorriqueña y orgullo latinoamericano. La furibunda reacción de Donald Trump y sus aliados solo sirvió para validar la eficacia de esta intervención cultural.

Bad Bunny demostró que en la era moderna, la batalla por la identidad y la representación también se libra en los escenarios masivos. Su performance sigue siendo un referente de cómo el arte puede cuestionar el poder, redefinir conceptos y ofrecer un contrapunto vital a visiones excluyentes, consolidándose como el mayor desafío cultural frente a la narrativa de la administración Trump en un evento de alcance mundial.